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Vélez del Río

Escala de Grises

Escala de Grises

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Han pasado varios suspiros desde que os creé. Sois inconscientemente conscientes de mi existencia, algunos me buscáis, otros me maldecís. Os hice libremente y libres continuáis.

Soy la oración incrédula de un sacerdote al acostarse, soy el juramento del asesino antes de matar. Soy el agua que bebes, la tierra donde trabajas, el cosquilleo que recorre tu piel desapareciendo tan rápido como acabas de sentirlo.

Recorro el Reino de Tokras a lomos de los vientos distinguiendo los castillos y valles. Bajo por las montañas en los riachuelos, al ras de la espuma de los rápidos hasta alcanzar los lagos. Los brazos de molino me acarician, empujándome a merced de la corriente. Me remolca hasta las lindes de estos variopintos dominios, cuya guardiana, la Reina, disfruta de una placida regencia. El calor del sol me evapora, elevándome a las alturas hasta tocar las nubes, mis vigías del mundo, donde varias agitaciones de la energía natural llaman mi atención; es la escuela de los hechiceros.

El desierto es tan hermoso, uniforme y mortal. La arena podría ser mi piel, caliente, viva. Juego entre las enormes y poderosas dunas hasta vislumbrar la ciudad de los elfos rojos. Percibo a mis hijos predilectos sobre los demás, su odio, rabia. Funden los granos de arena en ligero metal, puntas de flecha, escudos.

Me alejo hacia el cielo mientras la luz cambia por la oscuridad y como un azor, caigo sobre los dominios de los enanos. Les siento débiles, quietos, retirados dentro de los montes y montañas donde les engendré. Están enfermos, su pulso palpita con suavidad, lentamente.

Mis lunas, mis soles nocturnos, juego con ellas como un malabarista con sus bolas. Desde ellas diviso el reino de los elfos verdes, los Bosques Oceánicos. En las copas de sus árboles brillan sus cristales amarillos, azules, verdes... es un pequeño paraíso en la tierra. Sus habitantes leen, pasean relajados, beben de sus cristalinos riachuelos. Acerco mi mirada a su capital, la ciudad de Fuentes Blancas, dejo que me recorra un sentimiento parecido a la consternación. Las arenas no son para los elfos.

El cielo llora, la lluvia de sus lágrimas baja feroz hacia la tierra de los orcos. Caigo en el caos de su reino como una tromba, dispuesto a limpiar la sangre que encharca su suelo. Los clanes luchan entre ellos, pero, algo ha cambiado, dirigen sus ojos hacia los Bosques Oceánicos, no es el mismo anhelo de siempre, noto una cosa nueva en su oscuro corazón, esperanza...

Me incorporo al vuelo de un halcón solitario. Recorro los bordes de las fronteras trazadas por las razas desde las alturas. Los marrones se juntan con los verdes que a su vez son agujereados por manchas azules. Lagos, bosques, por fin distingo mis praderas, las estepas, los mares de hierbas agitados por el viento. Dejo al ave y caigo sobre la consciencia de los hombres de las llanuras, están en paz, su entorno, también.

Abandono la agradable sensación de no sentir lo que algunos llaman bueno y otros malo. Subo a los rayos del sol alcanzando el reino más norte del continente. Es invierno, las tormentas descargan en esta zona mantos de nieve en sus escarpados riscos. La pureza del polvo de diamante que se forma es tan bella como letal. Los habitantes de los Picos Helados se resguardan en sus casas al lado de sus enormes hogueras; la primavera no queda lejos.

Atravieso la helada tierra hasta alcanzar los lagos de lava. Varias capas más abajo percibo a los Antiguos, su atormentado pensamiento atraviesa mi consciencia y se desvanece en su primitivo espíritu. Siempre buscando salir de las cavernas, recuerdan el manto azul del cielo, la calidez del sol, la caricia del viento.

Regreso a mis estrellas para contemplarles. Todos son mis hijos.
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