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Don Nieve

La cruel palabra de Dios

La cruel palabra de Dios

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—Porque tu creaste el sol y las estrellas... Porque tu creaste la luna... Porque no p...—balbucea Gorka—. ¿Por qué?... ¿Por qué me creaste?...
Sentado en el banco de un parque, con el mentón clavado en el pecho, los ojos cerrados, y los brazos inertes a ambos lados del cuerpo, Gorka se despierta poco a poco. Va tomando lentamente el control de su realidad... la parte consciente de su ser.
«Mierda...—piensa—. La madre que me... La he vuelto a liar. Bueno—se recuesta—, no pasa nada, luego tendremos tiempo de analizar qué ha pasado, y qué no ha pasado. Por el momento concéntrate, y coge aliento reservando las fuerzas que tienes para volver a casa.»
Se pasa el dorso de la mano por la boca, limpiándose las babas, (o los restos resecos de éstas), y abre los ojos del todo, exageradamente, intentando así recuperar la conexión plena de sus sentidos con la vida; intentando así acoplar sus organos perceptores con la realidad externa...
En medio del silencio, se escucha piar a los pajaritos mañaneros, el leve ruido de los coches causado por un tráfico poco denso, y el ladrido de algún perro en la distancia... No hace ni frío ni calor. El sol, aunque aún no se ve, ilumina uniformemente la fachada de los edificios; dotándolos de una aureola brillante de luz que parece ser emitida por ellos mismos, al estilo de una bombilla clásica que no está a plena potencia.
—Supongo que aún estoy borrracho. Murmulla entre dientes, enarcando las cejas con una media sonrisa.
Absorto en esa sensación que dificilmente se puede traducir en idea, observa una pequeña mancha de marrón oscuro casi redonda, de unos 4 cm, en sus pantalones vaqueros azules. Se mira el torso hasta donde le alcanzan los ojos, chequea las manos por ambos lados, se inclina buscando en el banco y el suelo...
«No es sangre... o al menos, no es mía... Parece potada... ¿Pero que coño bebí ayer?...», piensa Gorka.
Una chica de veintitantos años pasa al lado corriendo, dando las espaldas, haciendo ejercicio. Él solo le ve un instante la cara.
Un jersey polar rosa apretado, y unas mallas negras sintéticas hasta la pantorrilla, dibujan su figura.
Las prendas no parecen dejar, de este modo, mucho a la imaginación de Gorka...
En el brazo derecho, el ya típico bracelete negro con auriculares para escuchar música... Zapatillas blancas de correr, y calcetines tobilleros igualmente blancos; nuevo el conjunto... Piel dorada, y pelo negro lacio recogido en una coleta que se mueve en forma de péndulo...
Se escuchan los pasos de la chica, rápidos y rítmicos, mientras corre por el camino de gravilla anaranjada que atraviesa el cesped. Este sonido seco es acompañado por su húmeda respiración, entrecortada y jadeante...
La visión de sus gluteos y senos, cimbreando, acompasada y turgentemente, completan la escena final en la película a cámara lenta que observa Gorka dentro de su mente.
«¡¡Dios Santo!!... —piensa sarcástico, con regocijo, y una punzada de algo parecido al dolor—. En verdad me digo... que no recordaré su cara... ¡Pero jamás olvidaré ese culo!»
Con las piernas cruzadas, aún sentado, apoya las manos en el asiento del banco dejando los brazos rectos; soportando éstos el peso del tronco. Baja la cabeza y mira abstraido al vacio sentenciando: «¡Qué penica...!»
Se levanta del banco, lentamente, mientras toma aire profundamente... como si fuese un muñeco hinchable insuflado por una potente bomba de aire... Al ponerse en pie, continua su gradual y constante movimiento de elevación: levanta la cabeza y mira al cielo con el ceño fruncido. Las piernas separadas a la altura de los hombros, y los brazos ligeramente separados del cuerpo, le confieren gran estabilidad; inamovilidad que le hace confundirse con los elementos fijos, pesados, del paisaje...

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